Séptimo Relato.
En el mundo tolteca, el ensueño no es soñar despierto ni imaginar futuros posibles. No es tampoco la ensoñación romántica del ser humano común. El ensueño es un arte preciso, la llave que abre las puertas de lo desconocido. Don Juan lo llamaba sin rodeos «la entrada al infinito».
Desde niños soñamos, pero los sueños se disipan como humo. Los antiguos videntes descubrieron que en ellos late un potencial oculto: la capacidad de percibir otros mundos tan sólidos y vastos como el de la vigilia. Su hallazgo fue claro: los sueños no son ilusiones internas, son portales. El arte del ensueño consiste en usarlos de manera deliberada, con disciplina, hasta lograr mover el punto de encaje a sitios distintos.
«El ensueño únicamente puede ser experimentado. Ensoñar no es tener sueños, ni tampoco es soñar despierto, ni desear, ni imaginarse nada. A través del ensueño podemos percibir otros mundos».
El ser humano corriente cree que hay un solo mundo. El guerrero, al practicar el ensueño, descubre que la realidad es como una cebolla de capas superpuestas: mundos consecutivos, paralelos, listos para ser recorridos. Pero entrar en ellos no depende de la voluntad o la fantasía: depende de la energía disponible.
De allí la insistencia de Don Juan: sin impecabilidad, sin recapitulación, sin ahorro energético, el ensueño es un pasaje cerrado. La puerta está siempre ahí, pero el ser humano común no tiene fuerza para abrirla.
Para la práctica del ensueño es necesario: Práctica de fijar el punto de encaje — el soñador aprende a reconocer la textura del sueño y a estabilizarla, evitando que se disuelva. Práctica de voluntad silenciosa — no se trata de controlar, sino de dejar que la atención se asiente en la visión onírica. Práctica de la disciplina energética — cada noche de práctica exige haber recuperado energía en la vida cotidiana. Práctica de exploración de otros mundos — una vez firme, el soñador entra en ámbitos que no son metáforas, sino reinos vastos tan concretos como el que habitamos.
Don Juan advertía que el ensueño no es un pasatiempo, sino un riesgo y una aventura:
«Nuestro mundo, que creemos único y absoluto, es solo un mundo dentro de un grupo de mundos consecutivos… tenemos la capacidad de entrar en otros, tan reales, únicos y absorbentes como el nuestro». (El arte de ensoñar)
El ensueño es, entonces, un puente. Un acto en el que el guerrero se despide de la certeza de la vigilia para caminar en territorios que no obedecen a la lógica humana.
El arte de ensoñar no busca evasión, sino libertad. Es la segunda atención en acción: el entrenamiento del guerrero para enfrentar la vastedad del misterio sin perder el hilo de su energía. En el ensueño, el ser humano deja de ser un prisionero de su descripción cotidiana y se convierte en un viajero del infinito.
La pregunta no es si puedes soñar —todos lo hacemos—, sino: ¿Tienes la energía suficiente para ensoñar y sostener tu conciencia más allá de este mundo?
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Este artículo fue originalmente publicado en el Blog de la Escuela de Alta Consciencia. Ver versión original →